jueves, 26 de marzo de 2015

Nosotros y los miedos

















Miedo, era atravesar ese túnel. 
Está clausurado hace décadas, creo. Una boca sale casi a la entrada del zoológico, la otra del otro lado de Libertador. La boca del lobo. Imaginábamos malhechores, moribundos, alimañas. Y mandábamos: adrenalina pura. No había nada. Supongo que no había nada. Oscuridad. Algún reo. Algún meo. Lo cruzábamos corriendo.

De niño pululaba la zona; como tantas otras: a los diez años mi zona de influencia podía abarcar todo Buenos Aires. Me iba de casa después del mediodía, a encontrarme con uno o más amigos y volvía en algún momento; cuando caía la tarde. Podíamos subirnos a un colectivo o tren y aparecer en cualquier lado. A perdernos. Aventurarnos. A provocarnos miedo. Ese miedo que uno se provoca a propósito cuando está acompañado. Solo, ni en pedo.

El miedo es a veces un aliciente para la acción. Nadie nos manda a hacer eso que hacemos para provocarnos el miedo. Que es en realidad ignorancia; es no saber, es entrar en lo desconocido. Es suponernos peligro, daño, dolor o muerte. Pero vamos hacia allí; sobre todo cuando estamos acompañados. Es al menos mi caso. No soy muy del unipersonal, pero en yunta me agrando y me motivo.



Las veces que avancé, es probable que haya trascendido algún miedo. En una historieta Larguirucho flotaba en medio del océano y aparecían tiburones. Se ponía a nadar a toda velocidad mientras decía: "yo no sé nadar; pero qué grán maestro es el miedo!"



El miedo no es sonso, es guapo. El miedo es valiente. Es nuestro aliado; el miedo nos protege, nos abraza, pero también nos hace correr hacia adelante. Y si estamos acompañados, es hermoso. Es una adrenalina que nos hace cruzar el túnel y llegar a salvo al otro lado, riendo juntos, excitados, lo logramos, qué cagazo, vamos de nuevo?

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